Ascensión

Le abril 30, 2026

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Francisco Camilo (1615-1673) es una de las estrellas brillantes de la constelación de artistas que iluminaron el firmamento del Siglo de Oro español. Pintó esta Ascensión en 1651. El dinamismo de la composición, la dramaturgia de luces y sombras, la expresión de los rostros y el movimiento de los drapeados la convierten en una de las obras maestras del estilo barroco, a la altura de las obras de Velázquez y Alonso Cano, pintores activos en Madrid al mismo tiempo, y a veces en las mismas obras, que Camilo.

San Juan en primer plano –vestido con el manto rojo del amor divino, con los brazos abiertos y la cabeza vuelta hacia el cielo– dibuja una diagonal que persigue su mirada. A través de esta diagonal, se nos invita a entrar en el cuadro para abrazar, como el discípulo al que Jesús amaba, toda su dramaturgia: alegría por la misión salvífica cumplida, tristeza por la partida del amado, esperanza en la espera del Espíritu prometido. Observemos cómo estas emociones son transmitidas por las expresiones de cada uno de los discípulos, entre los que se encuentran María, Madre del Señor, y María Magdalena.

Pero ¿de dónde viene esta luz que baña el cuadro? Parece que desciende de los cielos, adonde el Señor se eleva. Pero también emana del mismo Cristo. ¿No será que el artista quería significar que la Luz nacida de la Luz, después de haber venido al mundo, regresaba a la Luz que la generó?

Así, rodeado por una nube de tormenta que se abre en forma de almendra, Cristo Jesús asciende al cielo. Lleva una túnica rosa gaudete, que significa su alegría de regresar al seno del Padre, y un manto azul celeste. En una interpretación virtuosa de los tejidos, sus ropas flotan como si ya no estuvieran sujetas a la gravedad. Con los brazos abiertos, el Señor se prepara para caer en los brazos del Padre como su Hijo amado, por quien se ha cumplido su benevolente voluntad para con la humanidad. Pero también se prepara para acurrucarse en los brazos del Padre como el hijo pródigo ya que, a partir de ahora, encarna para siempre en el seno de Dios a la humanidad salvada. Las cicatrices expuestas por sus manos abiertas dan testimonio de ello.

La huella de Cristo

Centrada en la parte inferior de la pintura, el pintor recrea la roca de la cima del monte de los Olivos, donde tuvo lugar la ascensión. En esta roca representa talladas, las huellas de los pies del Señor. En realidad, en la cima de este montículo situado a 818 metros de altitud, la tradición ha visto en la roca la huella, no de ambos pies del Señor, sino solo de su pie derecho, con el que tuvo el último contacto con la tierra. Entre 388 y 392, a instancias de santa Elena, la madre del emperador Constantino, un noble fiel hizo construir una capilla con la roca de la huella en su centro. La arquitectura tenía forma circular y conservaba el voladizo de la roca al aire libre, para que los peregrinos pudieran imaginar la escena de la ascensión. Ocho siglos después, en 1198, se construyó en este sitio la mezquita que se puede ver allí hoy. Sin embargo, se ha conservado en parte la capilla y la roca aún se puede venerar allí.

Esta huella significa que, de acuerdo con su promesa, el Señor permanece presente en nuestras vidas después de su ascensión. Una presencia oculta, ciertamente, y sin embargo, muy real en sus diversas formas sacramentales, eminentemente en el Santísimo Sacramento, pero también en el signo de su presencia que estamos llamados a ser los unos para los otros, un signo que nos corresponde a nosotros hacer evidente amándonos como el Señor nos amó.

[Traducido del original francés por Pablo Cervera Barranco]

Pierre-Marie DUMONT

La Ascensión de Cristo (1651), Francisco Camilo (1615-1673), Barcelona, Museo Nacional de Arte de Cataluña. © akg-images.

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